Con la perspectiva que dan los años transcurridos desde la
muerte del dictador -1975- y la proclamación “oficial” por parte del gobierno
de la crisis constitucional, asistimos incrédulos a la disolución de uno de los
Estados más antiguo de Europa. Hay pues que preguntarse:
¿Cómo se ha llegado a esta situación?
¿Cuál será el porvenir de España?
La Monarquía instaurada por Franco, reforzada por la lealtad
del Ejercito fiel a las decisiones del dictador,
tuvo por objetivo el establecimiento de una
democracia limitada, gobernada y administrada por los grupos de poder
tradicionales. Con el fin de ensanchar las bases del nuevo régimen, se
pretendía integrar en su seno al socialismo, procurando que no se pusiera en
peligro las verdaderas relaciones de poder. En ningún momento se aspiraba
iniciar un periodo constituyente, todo lo contrario, para evitarlo nació el
proyecto de Reforma Política del
76, que
despojaría al “Régimen” del inservible ropaje totalitario, aceptando el
sufragio universal y los partidos políticos excepto, eso sí, los republicanos.
En el 77, se convocaron elecciones para constituir el
Congreso de los Diputados, no fueron Cortes Constituyentes, las circunstancias
obligaron a unas Cortes ordinarias a elaborar una Constitución; la Monarquía se
vio obligada a ir más allá y sin guion de Constitución, sin proyecto nacional,
con el sólo objetivo de asentar a toda costa la Corona, se fabrico una
Constitución que garantizaba los intereses de sus creadores, Monarquía, partidos
políticos y nacionalistas. Arbitrándose
unos mecanismos de reforma constitucional
que en la práctica la hacen imposible –que se
lo pregunten al actual gobierno-, consumándose de esta manera el reparto
patrimonial del Estado.
De esta manera se inicia la tan renombrada Transición, como
un improvisado caminar político, a salto de mata, con escaso interés en
fortalecer la sociedad civil y un alocado fenómeno autonómico, conviviendo con
una tremenda crisis económica agravada por el
terrorismo y la inestabilidad social y política.
El golpe de Estado del 23 de febrero del 81, aviso o
pretendida solución al caos en el que por su falta de autenticidad democrática
el nuevo régimen político estaba sumiendo a España, probó que los ciudadanos no
estaban dispuestos a arriesgarse en defensa del mismo, a diferencia de julio
del 36. Resuelto el Golpe de Estado, se priorizó el fortalecer a la Monarquía
presentándola como salvadora de la democracia y para ello había que apuntalar
el edificio constitucional.
El inteligente y poco valorado Calvo Sotelo, presidente de
un gobierno débil, escribió la partitura que se ha bailado desde entonces:
- Se acotaron y restringieron, lo más posible, las responsabilidades en el intento de golpe de Estado.
- Se decidió la entrada de España en la OTAN.
- Se aceleraron las negociaciones para el ingreso en la C.E.E.
Todo ello en menos de un año.
Y llego octubre del 1982, iniciándose la segunda parte de la
obra iniciada con la muerte de Franco. Los primeros gobiernos socialistas, que
sin perjuicio de las buenas intenciones sucumbieron con rapidez a los halagos
del poder, fortalecieron la imagen del Rey como garante de la democracia y
permitieron el reagrupamiento en su entorno de los grupos de poder,
desvaneciendo cualquier idea de transformación y de progreso, el PSOE había
sido asimilado. Se renuncio a la política de progreso por la política de
imagen.
Fueron
años de abundancia, la banca, las empresas de
construcción y los grupos de comunicación detentaban el poder mientras amasaban
grandes fortunas, al tiempo la sociedad, desvertebrada, asistía incrédula y
complacida al espectáculo.
Complacencia que termino en indignación ante la podredumbre
de la clase dirigente y llego el turno del PP con propósitos regeneradores de
la vida pública que no se cumplieron. Los ciudadanos tras el cesarismo
insoportable de José Mª Aznar, presidente del gobierno, optaron por despedir al
PP, volviendo el PSOE, Rodriguez Zapatero
formó gobierno con el apoyo de ERC e IU. En 2007 ya nadie negaba la
crisis constitucional y comenzó a hablarse de una reforma “limitada”.
Pero las ocurrencias de Zapatero “El Bobo”, un presidente ególatra
y flautero que junto a decisiones avanzadas en materia de derechos
civiles y esfuerzos en políticas sociales
cerro la Transición dejando a España en la mayor crisis económica del último
siglo, crisis que no supo ver, que para su ridículo y la de sus ministros, negó
y cuando ya era tarde abordo con medidas erróneas y populistas. Cerro su
mandato anteponiendo los intereses del capital internacional
frente a los de su pueblo, para lo que no
dudo en modificar la Constitución, dejando a España en el umbral de un periodo
constituyente, aplazado por más de diez años.
Periodo constituyente, que necesariamente ha de abrirse, en
el que los republicanos debemos expresar nuestras opiniones, haciendo hincapié en
aquello que ha sido el hilo conductor de nuestra tradición, los principios
revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad.
S&R